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Tratado Teórico Práctico de Anatheóresis


 


 Las Claves de la Enfermedad

         Tras más de treinta años de investigación -con resultados terapéuticos que en muchos casos van más allá de lo creíble- el autor expone -por vez primera en todos sus fascinantes matices- una terapia que explica y pone orden a la gran confusión, en nuestros días reinante, en torno a los estados regresivos.

       Este libro es el Tratado científicamente riguroso de una terapia que se practica ya en dos continentes. Pero en sus páginas, en todo momento tan amenas como sorprendentes, el autor recoge también decenas de fascinantes sesiones anatheoréticas -tanto de personas sanas como enfermas-, en las que posiblemente usted, lector, se encuentre reflejado.

      En definitiva, usted conocerá las razones por las que enfermamos. Así como la forma de sanar. Porque este libro es un nuevo modelo de la topografía de la conciencia. Posiblemente la más revolucionaria aportación en la búsqueda actual de una nueva forma de entender la medicina.

       El Tratado Teórico-Práctico de Anatheóresis ha sido editado en lengua italiana. Podemos facilitar datos si a alguien le interesa adquirir algún ejemplar.

    Para un mejor conocimiento del TRATADO TEÓRICO-PRÁCTICO DE ANATHEÓRESIS transcribimos a continuación el inicio de algunos de los capítulos del libro.

 

  • Formato: 17,5 x 25 cm. LUJO. Páginas: 451
  • P.V.P.: 28 € (TERCERA EDICIÓN)

 

 

Introducción

Las páginas de este libro son el tratado Teórico y Práctico de la terapéutica


         Anatheóresis, un Tratado que espero sea tan riguroso como fácil de comprender. Y en este mi intento por hacerlo comprensible he optado por ordenar el contenido del libro en:

Un texto central básico que explica por sí mismo la teoría y la práctica de la Anatheóresis.

Casos extraídos de mis sesiones terapéuticas y docentes que documentan ese texto central.

Y notas complementarias que proceden, en muchos casos, del texto central y que doy aparte porque entiendo pueden oscurecerlo. De ahí que esas notas sean pocas veces simple bibliografía. Son, por el contrario, casi siempre, valiosos resúmenes complementarios.

       A pesar de que cuanto afirmo en este Tratado puede ser fácilmente contrastado con la práctica clínica anatheorética, sé que mis explicaciones serán negadas –cuando no ignoradas– por aquellos científicos –cada vez menos, afortunadamente– que siguen encerrados en la seguridad de las murallas que un día –científicamente ya lejano– levantaron Newton y Descartes. Comprendo ese miedo –que no es sólo paradigmático, sino también biológico– porque la anatheóresis ahonda hasta alcanzar los más escondidos y dolorosos estratos de la psique. De hecho, la anatheóresis no es sólo otra terapia, es también y sobre todo, otra forma de percibir, otra forma de ser y de estar. Esto lo saben no sólo quienes han sido objeto de sesiones anatheoréticas –enfermos o no, si es que hay alguien que no esté enfermo–, sino que lo saben también los terapeutas que la aplican. Y esto pueden avalarlo cuantos alumnos han asistido a mis cursos y utilizan profusamente esta terapia en sus gabinetes. Y lógico es cuanto antecede porque la anatheóresis no es una terapia fundamentada en los procesos de percepción del hemisferio cerebral izquierdo (HCI) –que es el plano de conciencia que utiliza nuestra ciencia mecanicista–, la anatheóresis tiene sus fundamentos y su justificación en los procesos de percepción del hemisferio cerebral derecho (HCD), un hemisferio acausal e interiorizador que metaboliza el conocimiento, que lo encarna en una creciente expansión de conciencia. Subrayo, por otro lado, que la comprensión y valoración de la capacidad armonizadora –o sea, terapéutica– de esa otra forma de percibir –de ver y sentir la realidad– no surgió en mí espontáneamente.

        Es el fruto de una constante investigación que, iniciada en l960, eclosionó a principios de la década de los ochenta, cuando llegué a la evidencia de que utilizando unos determinados estados de conciencia distintos del de vigilia, así como una dialéctica apropiada a esos estados, era posible obtener una metodología regresiva altamente terapéutica. Desde años antes yo conocía ya la fenomenología de los estados de trance porque había sometido a un análisis crítico experimental prácticamente toda la casuística metapsíquica, pero fue esa nueva metodología la que hizo posible diera una definitiva orientación a la investigación de los fenómenos psíquicos.                                                

      Así, deseché la hipnosis profunda –en la que el paciente entra en un estado de amnesia– al comprobar la importancia de las inducciones al estado de ritmos cerebrales theta. Y esas inducciones al estado theta –en las que el investigado no entra en amnesia, sino que, por el contrario, es más consciente de sus percepciones que en el estado vigil–, unidas a una dialéctica regresiva sumamente peculiar, fue lo que me permitió penetrar en los dominios de la Conciencia con los ojos nuevos de una nueva realidad. Así, ya entonces surgió ante mí la evidencia de que todos nuestros daños se originan antes de los siete a doce años, y que cuanto posteriormente nos enferma es sólo una actualización de esos daños. Pero me mantenía todavía dentro del mundo sensible, de manera que, aun comprobando la importancia del trauma de nacimiento, consideraba que ese trauma era debido a los daños físicos que, en mayor o menor grado, todo bebé sufre al nacer. Años después, en todo momento utilizando las inducciones a ritmos theta, pude constatar que nuestros sufrimientos empiezan ya en el claustro materno. Y que si nefasto es un mal pecho, mucho peor es un mal útero. Quedó claro, por tanto, que toda cartografía de daños suele tener su origen en el claustro materno. Hasta el punto de que un nacimiento es más traumático cuanto más traumático ha sido el proceso de gestación. Y quedó claro también que, por el contrario, la biografía infantil –o sea, desde el nacimiento hasta los siete a doce años– suele más potenciar traumas anteriores que generar nuevos traumas.

      Luego, alcanzada la adolescencia, los impactos emocionales no son ya traumáticos por sí mismos, lo son en función de que activan un daño originado en el transcurso de nuestra vida prenatal, natal y, en grado descendente de intensidad, desde el nacimiento hasta los siete a doce años. Si enfermamos pasados esos más o menos doce años esto se debe a que todo cúmulo traumático reprimido hasta esa edad –o sea, antes de que surjan en nosotros los ritmos cerebrales beta maduros– es una carga de profundidad patológica que, en estado de latencia, espera –energetizándose más y más– el acto analógico que la va a hacer estallar. Y ante esto, al lector escéptico o apresurado le aconsejo que vaya directamente a los Capítulos 8 y 9.

     ¿Y las vidas anteriores? ¿No es el karma la causa de nuestros sufrimientos? Sé que estas dos preguntas y otras similares son inevitables. Y lo sé porque las terapias regresivas habituales se sustentan en la creencia de que toda enfermedad ha tenido su origen en hechos ocurridos en un tiempo que corresponde a una vida anterior del paciente(1). El karma, a entender de esos terapeutas, es el origen de todas nuestras aflicciones. Y tan definitivo, en su acción, consideran el karma que muchos de esos terapeutas distinguen entre enfermedades no kármicas, que son las que se resuelven, y enfermedades kármicas, que son las que no pueden resolverse. O sea, las que ellos no pueden o no saben resolver. Siento decir a quienes efectúan terapia regresiva tan sólo basada en vidas anteriores que si he sustituido la palabra Regresión por Anatheóresis eso ha sido básicamente con la intención de dejar claro que la terapia que yo preconizo no incluye creencias ni doctrinas.

       La anatheóresis es ciencia. Esto podrá comprobarlo el lector leyendo las páginas que siguen. Y si bien es cierto que utilizo, en algunos casos, una estrategia basada en vidas anteriores, cierto es también que, como explicaré, eso tiene una razón puramente escenográfica, no una razón doctrinal.            

          La anatheóresis está avalada por un más que alto porcentaje de dolencias resueltas. Dolencias que, no hay que olvidar, han pasado antes y no han sido resueltas por la medicina convencional. Y esto –de lo que pueden dar testimonio profesionales de la salud, entre ellos médicos y psicólogos que practican la anatheóresis– bastaría ya para acreditar esta técnica terapéutica. Pero hay más: también la teoría en que se sustenta –y que en sus bases establecí hace ya décadas– está siendo ahora respaldada por los últimos descubrimientos de la neurociencia y por las más recientes tesis de la Psicología Transpersonal.

     Con la diferencia, en cuanto a esta última, que –aparte no ser una terapéutica– sus investigaciones base –las de Stanislav Grof– han sido hechas utilizando drogas alucinógenas, cuando, para obtener mejores resultados, a la anatheóresis le basta una inducción a ritmos cerebrales theta, casi una simple relajación.


     Inicio Cap.1

     Jano Bifronte


         Apesar de que son muchos ya los investigadores científicos que -con sus avanzadas y, en muchos casos, comprobadas teorías- están demoliendo las bases del paradigma newtoniano-cartesiano de la ciencia mecanicista, ésta sigue, no obstante, vigente en una sociedad que por confundir seguridad con conocimientos sigue husmeando rastros que cree van a llevarle a encontrar verdades absolutas. No es de extrañar, por tanto, que la ciencia convencional, nuestra ciencia universitaria -la que hemos aceptado está destinada a servir esas verdades absolutas a la sociedad-, siga afirmando que no hay más que una forma válida de percepción: el estado de vigilia, que es el estado habitual de conciencia. O sea, el estado de percepción sacralizado por nuestra ciencia convencional, el de las verdades absolutas. Y que cualquier otra forma de percibir no es sino un estado de conciencia alterado. O sea, una forma patológica de procesar la información. No voy a extenderme a las razones que llevaron a Newton a concebir el universo como la obra de un excelso relojero, ni voy a extenderme tampoco a las razones que llevaron a Descartes a postular que el dualismo mente-materia era una realidad absoluta, que uno y otro lado de esa dualidad tenía vida propia e independiente. Baste decir que, al margen la gratitud que debemos a esas dos mentes que un día fueron vanguardia de la ciencia, ni el universo es un mecanismo de relojería ni la mente es ajena a la materia. Eso suponiendo que exista materia, porque todo evidencia que sólo hay Conciencia. Y que si las formas de percepción -o sea, las formas de ver y sentir la Realidad- son innumerables eso se debe a que los planos de conciencia, o sea, la forma de percibir la Conciencia -o las formas en que la Conciencia se percibe a sí misma-, son también innumerables. O lo que es lo mismo, no hay un solo ni concreto estado de conciencia válido, sino innumerables planos válidos de realidad.                Válidos y reales dentro de su propio plano, pero que ninguno de ellos es la Realidad. Para percibir la Realidad -esa realidad que consideramos absoluta y que solemos denominar Dios- deberíamos de ser capaces de alcanzar la comprensión de la conciencia toda, en su única y mandálica plenitud. Y eso es algo que nuestros órganos de percepción están muy lejos de alcanzar. De manera que si algo importa es desechar la visión dual cartesiana como única forma de percepción y no buscar, por tanto, realidades absolutas. Por el contrario, debemos comprender que todos los estados de percepción son estados de conciencia. O sea, estados que ven de forma distinta esa denominada conciencia global. Por que no hay un estado real y válido -el llamado estado habitual o de vigilia- y otros alterados o patológicos -los restantes estados-, sino distintas formas, todas ellas válidas, de acercarnos a la Realidad. Todas ellas válidas pero que insisto que son todas, incluso el estado de vigilia, tan sólo distintas formas de la hipotética, pero inaprensible, Realidad.

        Pero, ¿qué ha ocurrido para que la ciencia mecanicista, hasta ahora sacralizada, haya empezado a ser fuertemente cuestionada? Los procesos cerebrales siguen siendo una incógnita casi total para la ciencia. Pero hay algo que sí podemos afirmar. Y ese algo es los cuatro grandes planos de frecuencias de ondas eléctricas cerebrales que nos muestra un electroencefalógrafo (EEG). He escrito: que nos muestra un electroencefalógrafo. Quede claro, por tanto, que esa realidad es la realidad de un instrumento electrónico y que si bien es cierto que esos cuatro planos de frecuencia pueden ser constatados objetivamente, eso no significa que los planos de conciencia sean sólo cuatro. Lo que se hace con el EEG es situar el punto de partida de la actividad vital justo por encima de una línea que corresponde a la respuesta plana. O sea, justo por encima de una línea -a la que se da un valor cero- en que consideramos que una persona está muerta porque las ondas eléctricas cerebrales no muestran actividad en la pantalla del EEG. A partir de esa línea cero observamos que la vida, en su proceso filogenético, ha ido aumentando la frecuencia de las ondas cerebrales según iba acumulando mayor complejidad. 

        Así, de un inicial ritmo cerebral -o estado de conciencia- que simplemente debió superar en una fracción de Hz. lo que consideramos respuesta plana hemos llegado -en la especie humana adulta- a una frecuencia que alcanza 35 y más Hz. Y esa banda de ritmos cerebrales que va desde poco más de la respuesta plana hasta 35 y más Hz. es la que el EEG divide en cuatro grandes grupos o estados de conciencia.

 

Inicio Cap. 2

Empezamos a Enfermar en el Claustro Materno

 

        Cuando inicié mis investigaciones utilizando la inducción a distintos estados de conciencia (EdC) estaba muy lejos de sospechar que en su casi totalidad nuestras enfermedades tuvieran su núcleo patológico inicial en fases de prenatalidad. Desde Freud la idea generalizada -a la que me acogí- es que los daños que nos enferman pueden iniciarse, como mucho, a partir de los dos años de edad. y es lógico que esa sea la opinión generalizada puesto que, por un lado, hasta hace muy poco la etiología entendía -y en gran medida sigue entendiendo- que embriones y fetos son poco más que una excrecencia en el útero de la madre y, por el otro, si la teoría de los traumas y complejos tiene su contexto dentro de los mecanismos de represión, ¿qué pueden reprimir un embrión y un feto? y de haber algo que pudieran reprimir, ¿a dónde iría ese material reprimido? 

       Mi primera sorpresa fue, por tanto, comprobar experimentalmente que no hay auténticas enfermedades de adultos. Hay, sí, daños y sufrimientos, pero esos daños y sufrimientos no generarían graves patologías si no hubiera un cúmulo analógico traumático (CAT) en la biografía oculta de ese adulto. Una biografía que entonces -en los inicios de mis investigaciones- erróneamente opinaba iniciábamos todos a partir, como mucho, del nacimiento, cuando, insisto, me encontré con el hecho probado de que suele iniciarse en las fases iniciales de la generación. Ahora -pasadas ya tres décadas desde el momento en que inicié las investigaciones- tanto la neurociencia como la psicología transpersonal -y dentro de ese movimiento psicológico de forma especial Stanislav Grof- aportan datos que inciden en mis conclusiones. No obstante, hasta ahora ningún investigador ni escuela psicológica ha estructurado -como aquí estoy haciendo- una tesis de nueva terapia global y razonada que, además de basarse en hechos prácticos comprobables, está siendo ratificada, en su teoría, por los descubrimientos de las más recientes investigaciones neurocientíficas. En las experiencias anatheoréticas se observa que en la gestación de un bebé -desde el cigoto al nacimiento- la percepción de ese bebé sufre una evolución que va desde una conciencia global, todavía no estructurada en ritmos debido a la carencia de un adecuado sistema neural, hasta un alto estado de conciencia con altos trenes de ritmos theta. Esa conclusión viene justificada -como más adelante explicaré- por el hecho de que, en la práctica anatheorética, la percepción del embrión, y también la del feto, se manifiestan con un lenguaje altamente arquetípico, como si embrión y feto, aunque éste en menor medida, estuvieran todavía unidos a la conciencia global.                 

  Luego, a medida que el embrión va ganando semanas y, sobre todo, en el momento en que se va formando ya la estructura cerebral, ese lenguaje arquetípico -estructurado con grandes símbolos mitológicos- se va enriqueciendo con experiencias que corresponden ya a las características básicas del ritmo theta, o sea, una impactante vivenciación emocional de imágenes analógicas fácilmente convertibles en los hechos concretos que se esconden tras esas analogías. Puesto que sabemos que la ontogenia del bebé intrauterino es una síntesis de la filogenia de la especie humana, no es de extrañar que las experiencias en anatheóresis nos muestren que la evolución de la percepción del niño en el claustro materno presenta las mismas características evolutivas que nuestra especie. El fisiólogo Paul McLean, Jefe del Laboratorio de Evolución Mental y Conducta del Instituto Nacional de Salud Mental de Bethesda, en Maryland, USA, describe el cerebro como una compleja interacción de tres sistemas neurales que responden a una evolución iniciada en un remoto pasado. El primero y más antiguo de esos sistemas -afirma McLean- fue un cerebro básicamente reptiliano. O sea, Un cerebro totalmente espacial, basado en los movimientos de acercamiento y alejamiento, de ataque y defensa. Un cerebro frío y ritualizado. El segundo sistema es el cerebro límbico. 

        Este segundo cerebro, que surgió con los mamíferos primitivos, es un círculo casi completo de tejido cerebral que cubre el cerebro reptiliano. Y es en este sistema límbico donde se gestan las emociones intensas -singularmente vividas-, así como las ondas theta y los recuerdos a largo plazo. Es el sistema, en definitiva, que conduce las motivaciones y las emociones. y es también el cerebro que nos impulsa a buscar la euforia y el placer.


 

Inicio Cap. 3

¿Nacemos o Morimos a la Vida?

  

     Imaginen a un feto flotando en una bañera cargada de endorfinas. Mecido por el agua, somnoliento, muy relajado, sin motilidad gastrointestinal, sin respiración, ingrávido, con un sentimiento de plenitud, de conciencia expandida… Imposible concebir desde nuestra percepción beta el estado, a no dudar, de éxtasis en que vive todo bebé en su fase intrauterina. Es eso que llamamos el Paraíso. La Arcadia Feliz a la que intentan volver los heroinómanos con su morfina falsa, no endógena.

 Pero, ¿es así? ¿Es todo bebé en el claustro materno una Eva o un Adán antes de que fueran arrojados del Paraíso?

 Digamos que podría serlo, que esa es la vida de plenitud que ofrece una conciencia no escindida por la dualidad beta del fruto del árbol de la Ciencia del Bien y del Mal. Pero, desdichadamente, las agresiones que, a través de la madre, le llegan al feto desde nuestro mundo le van golpeando y cada golpe es un impacto casi mortal. Y, así, golpeado unas veces y acunado otras, se va acercando a la puerta que comunica con el horror del vacío, con el horror de un algo desconocido que, por ser desconocido, no es, y que, por no ser, es muerte.

  Y un día, un día que el bebé no puede prever, pero que nosotros, que tenemos noción del tiempo porque estamos en otro mundo, sabemos que corresponde al noveno mes de gestación, el océano que le contenía, en el que el bebé tenía espacio para voltear feliz, acerca sus orillas de carne tensa, de carne pétrea, para, finalmente, estrecharle en un abrazo inmovilizador, casi mortal, tan aterrador como el abrazo granítico de las paredes de un nicho sepulcral. Y luego, esos empujones terribles(l), ese hipo de paredes de carne contráctil que le arroja a un colector de aguas sucias, con sangre y defecación. y en ese colector en el que se ahoga, en ese colector por el que tiene que arrastrarse horas, a veces días, inmovilizado unas veces, empujado otras, y en todo momento sólo auxiliado por esa morfina piadosa que le droga hasta, muchas veces, anestesiarlo totalmente. Hasta muchas veces hacerle vivir esa pérdida de conciencia que es una muerte dulce, una muerte a la que el bebé, agotado, se entrega feliz. Pero vuelve a la vida y, si el parto se prolonga, muere una y otra vez, hasta que un ángel terrible pero piadoso le arranca de ese túnel del terror que es el conducto vaginal(2) para llevarlo a otro lugar, a un mundo que ni siquiera puede concebir, a un mundo en el que extrañamente hay seres que ríen felices, que le dan la bienvenida sin comprender que él ha sido expulsado del Paraíso, que para él nacer no ha sido ir a la vida, sino simplemente morir, porque su conciencia es todavía la de un organismo acuático simbiótico que se siente delfín.

  Lloro(3) -nos dice el bebé al nacer-, ¿no ves cómo me agito al llorar? ¿No ves cómo mi cuerpo y mis manos se estremecen? Mi cuerpo es tan sensible que hasta tus labios me duelen. Pero, aunque me duelan, madre, bésame, acaríciame. Necesito abrazos. Te necesito. Quiéreme, por favor.

 Pero este mensaje se pierde. Nuestro cerebro de adultos, incapaz de comprender el dolor del niño, nos dice que debemos estar contentos. El bebé ha nacido, está vivo -para nosotros este lado es la vida, no la muerte- y no sólo está vivo sino que: ¡hay que ver qué pulmones, cómo llora! Y ese llanto es, a entender de nosotros, que estamos a este otro lado de los ritmos cerebrales, algo así como un saludo jubiloso, el hosanna del bebé que, como un poseidón, acaba de emerger de las profundidades amnióticas.

Pero no es así. No olvidemos que el bebé al nacer es todo sensibilidad, que no sólo se encuentra con lo desconocido, sino que también entra en este, para él, nuevo mundo con un cuerpo abierto a todas las sensaciones, sin defensas, un cuerpo que es como llaga viva. Y tampoco olvidemos que el bebé llega de un lugar en el que la vida se asienta sobre la suave gravidez de un lecho de agua, con luces crepusculares, con sonidos apagados, sofronizantes…             

¿Y qué le ocurre a ese pequeño delfín cuando sale a la superficie, cuando es arrojado a nuestro mundo de ondas beta?.

 


 

 

 

 

 
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